Lagar

147 y unas dichas casquivanas si asomaban, no descendían. Y los oficios jadeados nunca, nunca los aprendíamos: el cantar, cuando era el canto, en la garganta roto nacía. Y solo en el sueño profundo como en piedra santa dormíamos y algo soñábamos que entendíamos para olvidarlo al otro día... Y recitábamos Padrenuestros a los ángeles que sonreían. De la jornada a la jornada jugando a la huerta, a ronda, o canto, al oficio sin maestro, a la marcha sin camino, y a los nombres sin las cosas y a la partida sin el arribo fuimos niños, fuimos niños, inconstantes y desvariados. Y baldíos regresamos, ¡tan rendidos y sin logro!, balbuceando nombres de «patrias» a las que nunca arribamos. Y nos llamaban forasteros, ¡y nunca hijos, y nunca hijas!

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