Lagar
114 y Dios dice «¡sí!» tan solo por el ocotillo ardiendo. ¿A quién manda su palabra que parece juramento? ¿A quién clama lo que pide que será su refrigerio? ¿A quién llama todavía, insistente como el eco? Al nacer, ¿a quién llamó? ¿Y a quién mira y ve en muriendo? Cuando para y cae rota la borrasca, y no hay senderos, voy andando, voy llegando a su magullado cuerpo, y lo oscuro y lo ofendido yo le enjugo y enderezo —como a aquel que me troncharon— con la esponja de mi cuerpo, y mi palma lo repasa en sus miembros que son fuego.
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