Lagar
112 Y meciéndolas, meciéndolas, tal como él se les mecía, mascamos algas quemadas vueltos a la lejanía, o mordemos nuestras manos igual que esclavos escitas. Y cogidos de las manos, cuando la noche es venida, aullamos viejos y niños como unas almas perdidas: «¡Talassa, viejo Talassa, verdes espaldas huidas, si fuimos abandonados llámanos a donde existas, y si estás muerto, que sople el viento color de Erinna y nos tome y nos arroje sobre otra costa bendita, para contarle los golfos y morir sobre sus islas».
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