Tala

67 Sal La sal cogida de la duna, gaviota viva de ala fresca, desde su cuenco de blancura, me busca y vuelve su cabeza. Yo voy y vengo por la casa y parece que no la viera y que tampoco ella me viese, Santa Lucía blanca y ciega. Pero la santa de la sal, que reconforta y que penetra, con la mirada enjuta y blanca, alancea, mira y gobierna a la mujer de la congoja y a lo tendido de la cena. De la mesa viene a mi pecho; va de mi cuarto a la despensa, con ligereza de vilano y brillos rotos de saeta. La cojo como a criatura y mis manos la espolvorean, y resbalando con el gesto de lo que cae y se sujeta, halla la blanca, ve la triste duna de sal de mi cabeza.

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