Tala
66 y sabía mi mano su miga y el calor de pichón emplumado. Después le olvidé, hasta este día en que los dos nos encontramos, yo con mi cuerpo de Sara vieja y él con el suyo de cinco años. Amigos muertos con que comíalo en otros valles, sientan el vaho de un pan en septiembre molido y en agosto en Castilla segado. Es otro y es el que comimos en tierras donde se acostaron. Abro la miga y les doy su calor; lo volteo y les pongo su hálito. La mano tengo de él rebosada y la mirada puesta en mi mano; entrego un llanto arrepentido por el olvido de tantos años, y la cara se me envejece o me renace en este hallazgo. Como se halla vacía la casa, estemos juntos los reencontrados, sobre esta mesa sin carne y fruta, los dos en este silencio humano, hasta que seamos otra vez uno y nuestro día haya acabado…
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