Tala

55 Trepé las peñas con el venado y busqué flores de demencia, las que rojean y parecen que de rojez vivan y mueran. Cuando bajé se las fui dando con un temblor feliz de ofrenda, y ella se puso como el agua que en ciervo herido se ensangrienta. Pero mirándome, sonámbula, me dijo: «Sube y acarrea las amarillas, las amarillas. Yo nunca dejo la pradera». Subí derecha a la montaña y me busqué las flores densas, color de sol y de azafranes, recién nacidas y ya eternas. Al encontrarla, como siempre, a la mitad de la pradera, yo fui cubriéndola, cubriéndola, y la dejé como las eras. Y todavía, loca de oro, me dijo: «Súbete, mi sierva, y cortarás las sin color, ni azafranadas ni bermejas. «Las que yo amo por recuerdo de la Leonora y la Ligeia,

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