Tala

53 y la bestia o la criatura que era la sierva nos hería. Ahora el aliento se apartaba y ahora la sangre se perdía, y la canción de las mañanas como cuerno se enronquecía. La muerte tenía treinta años y ya nunca más moriría, y la segunda tierra nuestra iba abriendo su epifanía». Se lo cuento a los que han venido y se ríen con insanía: «Yo soy de aquellas que bailaban cuando la muerte no nacía…».

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