Tala
52 Me puse yo sobre el camino para gritar a quien me oía: ‘¡Es una muerte de dos años que bien se muere todavía!’. Recios rapaces la encontraron, a hembras fuertes cruzó la vía; la miraron Nemrod y Ulises, pero ninguno comprendía… Se envilecieron las mañanas, torpe se hizo el mediodía; cada sol aprendió su ocaso y cada fuente su sequía. La pradera aprendió el otoño y la nieve su hipocresía, la bestezuela su cansancio, la carne de hombre su agonía. Yo me entraba por casa y casa y a todo hombre se lo decía: ‘¡Es una muerte de siete años que bien se muere todavía!’. Y dejé de gritar mi grito cuando vi que se adormecían. Ya tenían no sé qué dejo y no sé qué melancolía… Comenzamos a ser los reyes que conocen postrimería
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