Tala
238 «Beber» Falta la rima final, para algunos oídos. En el mío, desatento y basto, la palabra esdrújula no da rima precisa ni vaga. El salto del esdrújulo deja en el aire su cabriola como una trampa que engaña al amador del sonsonete. Este amador, persona colectiva que fue millón, disminuye a ojos vistas, y bien se puede servirlo a medias, y también dejar de servirlo… «Todas íbamos a ser reinas» Esta imaginería tropical vivida en un valle caliente, aunque sea cordillerano, tenía su razón de ser. El hacendado don Adolfo Iribarren —Dios le dé bellas visiones en el cielo—, por una fantasía rara de hallar en hombre de sangre vasca, se había creado, en su casa de Montegrande, casi un parque medio botánico y zoológico. Allí me había yo de conocer el ciervo y la gacela, el pavo real, el faisán y muchos árboles exó- ticos; entre ellos, el flamboyán de Puerto Rico, que él llamaba por su nombre verdadero de «árbol del fuego» y que de veras ardía en el florecer, no menos que la hoguera. No bautizan con Ifigenia sino con Efigenia, en mis cerros de Elqui. A esto lo llaman ‘disimilación’ los filólogos y es operación que hace el pueblo, la mejor criatura verbal que Dios crio, la cual avienta el voca- blo de pronunciación forzada y pedante, por holgura de la lengua y agrado del oído.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=