Tala

237 Roosevelt», que es ya americano, hubiese querido dejar los Parises y los Madriles, y venir a perderse en la naturaleza americana por unos largos años —era el caso de perderse a las buenas— ya no tendríamos estos temas en la cantera; estarían devastados y anda- rían entonando el alma del mocerío. Llega el escua- drón de mozos sin mucho gusto que digamos del «Aire suave» o de la marquesa Eulalia. Tiene razón: el aire del mundo se ha vuelto un puelche violento y el mar de jacintos se muda de pronto en el otro mar que los marinos llaman acarnerado . «Saudade» Suelo creer con Stefan George en un futuro préstamo de lengua a lengua latina. Por lo menos, en el de cier- tas palabras, logro definitivo del genio de cada una de ellas, expresiones inconmovibles en su rango de palabras «verdaderas». Sin empacho encabezo una sección de este libro, rematado en el dulce suelo y el dulce aire portugueses, con esta palabra saudade . Ya sé que dan por equivalente de ella el soledades caste- llano. La sustitución vale para España; en América, el sustantivo soledad no se aplica sino en su sentido inmediato, único que allá le conocemos.

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