Tala
221 sin que el viento le grite en la cofia ni rezongue la guija en sus pies. Vino después de su tiempo. Ha dejado por cortesía pasar a los otros: a Las Casas y a Vasco Quiroga. No llegó a la América a plantar oficios —oficios viejos en tierra doncella— y yo perdí con ella, para siempre, marco de telar cruzando mi cara, el hacer los tapices vehementes y el redondear cantando una jarra. Rojez de prisa, no se la miraron. Carrera loca, no le han conocido. Una reina perdió su reino, mas no rompió el césped con su cabalgata para llegar a tiempo al reparto. Su único pecado yo se lo conozco: se quedó sola; reza y borda sola, sin nube de amor sobre su cabeza y sin arrayán de amor a su espalda. Pecado en tremenda tierra castellana, donde las aldeas de soledad gritan a cielo absoluto y tierra absoluta… Sabiduría de Rafaela Ortega, tarde llegó a sazonarme la lengua. ¡Cómo la oveja lame la sal gema que afirma un corazón que lleva al matadero, yo la he conocido de paso a la muerte, y la dejo aquí contada y bendita!
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