Tala
23 los tifones, y el boga, el caimán, porque el nombre no nutra el destino, y sin nombre se pueda matar. Pero cuando la frente enderézase de la prueba que no han de apurar, al mirarnos, los ojos se truecan la palabra en el iris leal, y bajamos los ojos de nuevo, como el jarro al brocal, contumaz, desolados de haber aprendido con el nombre la cifra letal. Los precitos contemplan la llama que hace dalias y fucsias girar; los forzados, como una cometa, bajan y alzan su «nunca jamás». Mas nosotros tan solo tenemos, para juego de nuestro mirar, grecas lentas que dan nuestras manos, golondrinas, al muro de cal, remos negros que siempre jadean y que nunca rematan el mar. Prodigiosas las dulces espaldas que se olvidan del se enderezar, que obedientes cargaron los linos y obedientes la leña mortal, porque nunca han sabido de dónde fueron hechas y a qué volverán.
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