Tala
216 Contadora de «casos» de iguanas y tortugas, de bosques duros alanceados de faisanes, de ponientes partidos por cuernos de venado y del árbol que suda el sudor de la muerte. Vestida de tus fábulas como jaguar de rosas, cortándolas de ti por darlas a los otros y tejiéndome a mí el ovillo del sueño de tu viejo relato innumerable. Bondad abrahámica de Lola Arriaga, maestra del Dios del cielo enseñando en Anáhuac, sustento de milagro que me dura en los huesos y que afirma mis piernas en las siete caídas. Encuentro tuyo en la tierra de México, conversación feliz en el patio con hierbas, casa desahogada como tu corazón, y escuela tuya y mía que es nuestro largo abrazo. Madre mía sin sueño, velándome dormida del odio suelto que llegaba hasta la puerta como el tigrillo, que hallaba tus ojos, y que se iba con carrera rota… Los cuentos que en la sierra a darme no alcanzaste me los llevas a un ángulo del cielo. ¡En un rincón, sin volteadura de alas, dos viejas blancas como la sal diciendo a México con unos ojos tiernos como las tiernas aguas y con la eternidad del bocado de oro en nuestra lengua sin polvo del mundo!
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