Tala
147 «La Muerte», le diré al alimentarla; y «La Muerte», también, cuando la duerma; «La Muerte», como el número y los números, como una antífona y una secuencia. Hasta que alargue su mano y la tome, lúcida entera en vez de soñolienta, abra los ojos, la mire y la acepte, y despliegue la boca y se la beba. Para que al fin se doble de obediencia y de una gran dulzura se disuelva, con la ciudad fundada el año suyo y el barco que lanzaron en su fiesta. Y yo pueda sembrarla lealmente, como se siembran maíz y lenteja, donde a tiempo las otras se sembraron, más dóciles, más prontas y más frescas. Su corazón aflojado soltando, y su nuca acostando sobre arena, las viejas que pudieron no morir: Clara de Asís, Catalina y Teresa.
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