Tala
146 Vie ja Ciento veinte años tiene, ciento veinte, y está más arrugada que la tierra. Tantas arrugas lleva que no lleva otra cosa sino alforzas y alforzas como la pobre estera. Tantas arrugas se hizo como la duna al viento, y se está al viento que la empolva y pliega; tantas arrugas muestra que le miramos solo sus escamas de pobre carpa eterna. Se le olvidó la muerte inolvidable, como un paisaje, un oficio, una lengua. Y a la muerte también se le olvidó su cara, porque se olvidan las caras sin cejas… Arroz nuevo le llevan en las dulces mañanas; fábulas de cuatro años al servirle le cuentan; aliento de quince años al tocarla le ponen; cabellos de veinte años al besarla le allegan. Mas la misericordia que la salva es la mía. Yo le regalaré mis horas muertas y aquí me quedaré por la semana, pegada a su mejilla y a su oreja. Diciéndole la muerte lo mismo que una patria; dándosela en la mano como una tabaquera; contándole la muerte como se cuenta a Ulises, hasta que me la oiga y me la aprenda.
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