Ternura
178 En la poesía popular española, en la provenzal, en la italiana del Medioevo, creo haber encontrado el material más genuinamente infantil de rondas que yo conozca. El propio folclor adulto de esas mismas regiones está lleno de piezas válidas para los niños. Hurgando en eso cuanto me era dable hurgar, supe yo, artesana ardiente pero fallida, que me faltaban en sentidos, y entraña, siete siglos de Edad Media criolla, de tránsito moroso y madurador, para ser capaz de dar una docena de «arrullos» y de «rondas» castizos —léase criollos—. El versolari o payador de los chiquitos, el chantre de su catedral enana y el ayo de sus gargantas no se hace, llega lentamente con ruta astronómica que nadie puede poner al galope . Seguimos teniendo en agraz muchas capacidades, aunque logremos por otro lado del espíritu algunas sazones repentinas, lo mismo que los frutos que muestran una cara empedernida y otra madura. El Niño Mesías que llegue trayendo la gracia del género infantil no quiere nacernos aún… Profetas y creyentes seguimos llamándolo, como las mujeres ju- días al Otro. Cada uno de los que ensayamos cree que nacerá precisamente de él; pero el Espíritu Santo no baja, y tal vez no haya nacido ni siquiera Santa Ana, la abuela del bienaventurado... *** Cuando leo mis poesías más o menos escolares, y más aún cuando las oigo en boca de niño, siento una vergüenza no literaria, sino una quemazón real en la
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