Ternura

179 cara. Y me pongo, como los pecadores atribulados, a enmendar algo, siquiera algo: dureza del verso, pre- sunción conceptual, pedagogía catequista, empalago- sa parlería. Esta ingenuidad un poco grotesca de co- rregir unos versos que andan en boca de tantos, me durará hasta el fin. Y es que respeto por encima de todas las cria- turas, más allá de mi Homero o mi Shakespeare, mi Calderón o mi Rubén Darío, la memoria de los niños, de la cual mucho abusamos. Que los maestros perdonen la barbaridad de mi hacer y re hacer. Al cabo soy dueña de mis culpas más que de mis buenas acciones: estas son discutibles y aquellas indudables. El habla es la segunda posesión nuestra, después del alma, y tal vez no tengamos nin- guna otra posesión en este mundo. Rehaga, pues, a su antojo, el que ensaya y sabe que ensaya. Continúo viviendo a la caza de la lengua infantil, la persigo desde mi destierro del idioma, que dura ya veinte años. Lejos del solar español, a mil leguas de él, continúo escudriñando en el misterio cristalino y pro- fundo de la expresión infantil, el cual se parece por la hondura al bloque de cuarzo magistral de Brasil, por- que engaña vista y mano con su falsa superficialidad. Mientras más oigo a los niños, más protesto en contra mía, con una conciencia apurada y hasta un poco febril... El amor balbuciente, el que tartamudea, suele ser el amor que más ama. A él se parece el pobre amor que yo he dado a los chiquitos. Petrópolis, Brasil, 1945

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=