Ternura
177 Algunos trechos de estas canciones —a veces uno o dos versos logrados— me dan la salida familiar ha- cia mi país furtivo, me abren la hendija o trampa de la escapada. El punto de la música por donde el niño se escabulle y deja a la madre burlada y cantando inútilmente, ese último peldaño me lo conozco muy bien: en tal o cual palabra, el niño y yo damos vuelta la espalda y nos escapamos dejando caer el mundo, como la capa estorbosa en el correr... Quiero decir con esta divagación que no perdí el «arrullo» de los dos años: me duermo todavía sobre un vago soporte materno y con frecuencia paso de una frase rezagada de mi madre o mía, al gran regazo oscuro de la Madre Divina que desde la otra orilla me recoge como a un alga rota que fue batida el día entero y vuelve a ella. *** Sobre las rondas debería decir alguna cosa, y muchas más sobre las poesías infantiles escritas hace veinti- cinco años, a fin de ser perdonada de maestros y ni- ños; pero voy cansando a quien me lee en páginas finales ... Diré solamente que por aquellos años estaba en pañales el género infantil en toda la América nuestra: tanteos y más tanteos. El menester es tan arduo que seguimos tanteando todavía, porque, según acabo de decirlo, nacimos monstruosamente, como no nacen las razas: sin infancia, en plena pubertad y dando, desde el indio al europeo, el salto que descalabra y rompe los huesos.
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