Ternura
175 *** Estas canciones están harto lejos de las folclóricas que colman mi gusto, y yo me lo sé como el vicio de mis cabellos y el desmaño de mis ropas. Aquellos que siguen el trance y los percances de las lenguas coloniales, como siguen los Carrelles el de los tejidos parchados del cuerpo, solamente ellos pueden explicar cabalmente el fracaso de nuestra li- teratura infantil. Ellos están seguros como yo de que el folclor es, por excelencia, la literatura de niños y de que los pueblos ayunos de él conquistarán el género muy tarde. El poeta honrado sabe dónde falló y lo confiesa. Yo, además de saberlo, declaro que fuera de dos o tres afortunadas que están aquí, las demás son un moulage tieso, junto a la carne elástica de las populares. Nacieron, las pobres, para convidar, mostrando sus pies inválidos a que algún músico las echase a andar, y las hice mitad por regusto de los «arrullos» de mi infancia y mitad por servir la emoción de otras mujeres —el poeta es un desata nudos y el amor sin palabras nudo es, y ahoga. En lo de hallar pies corredores, estas canciones de cuna no anduvieron malaventuradas y hasta han tenido suerte loca. Mexicanos, chilenos y argentinos que pasan la docena, les prestaron su ayuda decisiva. Fueron ellas honradas de más, fueron hasta transfigu- radas. En «nanas», en tonadas, en vidalitas, la música es cuerpo glorioso y la carne nada le añade; ellas no viven de la letra, su sangre como su aliento no arran- can de esta. Tiene un mayorazgo tal la música sobre la
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