Ternura

174 ¿Quién va a hacer, pues, estas canciones? El aya, mujer de paga, repetirá las que sabe; el hijo de otra no la embriaga tanto como para que ella las invente por rebose de amor y menos aún por sobra de dicha. Y la canción de cuna es nada más que la segunda leche de la madre criadora. A la leche se asemeja ella en la he- bra larga, en el sabor dulzón y en la tibieza de entraña. Por lo tanto, la mujer que no da el pecho y no siente el peso del niño en la falda, la que no hace dormir ni de día ni de noche, ¿cómo va a tararear una berceu- se?, ¿cómo podría decir al niño cariños arrebatados, revueltos con travesuras locas? La cantadora mejor será siempre la madre fuente, la mujer que se deja beber casi dos años, tiempo bastante para que un acto se dore de hábito, se funda y suelte jugos de poesía. Una colega española se burlaba alguna vez del empeño criollo en forzar la poesía popular, provo- cando un nacimiento por voluntad, o sea un aborto. La oía yo con interés: un español tiene siempre de- recho para hablar de los negocios del idioma que nos cedió y cuyo cabo sigue reteniendo en la mano de- recha, es decir, en la más experimentada. Pero, ¿qué quieren ellos que hagamos? Mucho de lo español ya no sirve en este mundo de gentes, hábitos, pájaros y plantas contrastados con lo peninsular. Todavía so- mos su clientela en la lengua, pero ya muchos quieren tomar la posesión del sobrehaz de la tierra nueva. La empresa de inventar será grotesca; la de repetir de «pe a pa» lo que vino en las carabelas lo es también. Algún día yo he de responder a mi colega sobre el conflicto tremendo entre el ser fiel y el ser infiel en el co- loniaje verbal.

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