Ternura
173 Entonces se pone a dormir a su niño de carne, a los de la matriarca y a sí misma, pues el «arrorró» tumba al fin a su propia cantadora... Esta madre, con su boca múltiple de diosa hindú, recuenta en la canción sus afanes del día; teje y deste- je sueños para cuando el si-es-no-es vaya creciendo; ella dice bromas respecto del gandul; ella lo encarga en serio a Dios y en juego a los duendes; ella lo asusta con amenazas fraudulentas y lo sosiega antes de que se las crea. La letra de la canción va desde la zumbo- nería hasta el patético, hace un zigzag de jugarreta y de angustia, de bromas y ansiedades. (Confieso que los «arrorrós» que más me gustan son los disparata- dos, porque aquí, mejor que en parte alguna, la lógica ha de aventarse, y con cajas destempladas). *** Poco o nada ha mudado el repertorio de las canciones de cuna en la América. Es bien probable que nunca las haya hecho el pueblo criollo, sino que siga can- tando hace cuatro siglos las prestadas de España, ru- miando pedazos de arrullos andaluces y castellanos, que son maravilla de gracia verbal. Nosotras tal vez hemos armado algunas frases sobre los alambres an- cestrales o hemos zurcido con algunos motes criollos las telas originales. Nuestras abuelas amamantaban, nuestras madres también, a Dios gracias; después sobrevino una caída de la maternidad corporal, tanto en la disminución de los hijos como en la rehúsa de muchas mujeres a criar, a ser la «higuera de leche» de los cuentos.
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