Ternura
172 que el vaivén adormece más subrayado por el rumor; este rumor no iría más lejos que el runrún de los la- bios cerrados. Pero de pronto le vino a la madre un antojo de palabras enderezadas al niño y a sí misma. Porque las mujeres no podemos quedar mucho tiempo pasivas, aunque se hable de nuestro sedentarismo, y menos callarnos por años. La madre buscó y encontró, pues, una manera de hablar consigo misma, meciendo al hijo, y además comadreando con él, y por añadidura con la noche, «que es cosa viva». La canción de cuna sería un coloquio diurno y nocturno de la madre con su alma, con su hijo, y con la Gea, * visible de día y audible de noche. Los que han velado enfermos, o pernoctado en el campo, y las que conocen la espera de marido o hermano, todos los que viven la vela, saben bien que la noche es persona plural y activa. «La noche es legión», como dice del demonio el Evangelio. Tal vez nos engañamos creyendo que la luz multiplica las cosas y que la noche las unifica. La verdad sería el que la tiniebla, fruto enorme y vago, se parte en gajos de rumores. Al agrandarlo todo, ella estira el ruido breve y engruesa el bulto pequeño, por lo cual vienen a ser muy ricas las tinieblas. La madre desvelada pasa, pues, a convivir este mundo subterráneo que la asusta con su falsa inmensidad y la fertiliza con su misterio numeroso. La mujer no solo oye respirar al chiquito; siente también a la tierra matriarca que hierve de prole. * La Tierra.
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