Ternura

171 Colofón con cara de excusa Conté una vez en Lima el sentido que tendría el géne- ro de la canción de cuna en cuanto a cosa que la madre se regala a sí misma y no al niño que nada puede enten- der , a menos de «guagüetear» * a grandulones de tres años... Ahora tengo que divagar, a pedido de mi editor, sobre el nacimiento de estas canciones de cuna, por- que cualquier vagido primero, hasta de bestezuela o de industria verbal, importa a las gentes... La mujer es quien más canta en este mundo, pero ella aparece tan poco creadora en la historia de la música que casi la recorre de labios sellados. Me intrigó siempre nuestra esterilidad para producir ritmos y disciplinarlos en la canción, siendo que los criollos vivimos punzados de ritmos, y los coge y compone hasta el niño. ¿Por qué las mujeres nos he- mos atrevido con la poesía y no con la música? ¿Por qué hemos optado por la palabra, expresión más gra- ve de consecuencias y cargada de lo conceptual que no es reino nuestro? Hurgando en esta aridez para la creación mu- sical, caí sobre la isla de las canciones de cuna. Seguramente los «arrullos» primarios, los folclóri- cos, que son los únicos óptimos, salieron de pobreci- tas mujeres ayunas de todo arte y ciencia melódicos. Las primeras Evas comenzaron por mecer a secas, con las rodillas o la cuna; luego se dieron cuenta de * Guagüetear, de «guagua», niño [bebé]: chilenismo.

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