Ternura

170 Tocan dedos menudos a la entornada puerta. De la arrugada cama dice el Lobo: —¿Quién va? La voz es ronca. «Pero la abuelita está enferma», la niña ingenua explica. —De parte de mamá. Caperucita ha entrado, olorosa de bayas. Le tiemblan en la mano gajos de salvia en flor. —Deja los pastelitos; ven a entibiarme el lecho. Caperucita cede al reclamo de amor. De entre la cofia salen las orejas monstruosas. —¿Por qué tan largas? —dice la niña con candor. Y el velludo engañoso, abrazado a la niña: —¿Para qué son tan largas? Para oírte mejor. El cuerpecito tierno le dilata los ojos. El terror en la niña los dilata también. —Abuelita, decidme: ¿por qué esos grandes ojos? —Corazoncito mío, para mirarte bien... Y el viejo Lobo ríe, y entre la boca negra tienen los dientes blancos un terrible fulgor. —Abuelita, decidme: ¿por qué esos grandes dientes? —Corazoncito, para devorarte mejor... Ha arrollado la bestia, bajo sus pelos ásperos, el cuerpecito trémulo, suave como un vellón; y ha molido las carnes, y ha molido los huesos, y ha exprimido como una cereza el corazón...

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