Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

84 olga poblete Vivir en Chile bajo Pinochet —Francamente, ¿su intuición no le hacía temer el peligro de una dicta- dura fascista como último recurso para aplastar el proceso que inició la Unidad Popular? —Con honestidad debo decir que, así como mucha gente, yo no preví tal tragedia ni siquiera después del bombardeo a La Moneda y del asesinato del presidente Allende. Nos parecía que un régimen fascista era posible en cualquier otra parte menos en Chile. Incluso después de la instalación de la Junta creíamos que eso era pasajero, que no tardaríamos en regresar a la normalidad constitucional. Tuve la evidencia que no sería así cuando comprobé que el querido Peda- gógico —nunca lo pude denominar de otra manera— era destruido hasta los cimientos. Los mejores profesores fueron expulsados, tam- bién centenares de alumnos. Se instalaron allí soplones de la CNI en todas las cátedras, los más mediocres y torcidos individuos fueron designados en las escuelas claves. Finalmente desapareció hasta la Facultad misma, atomizada en pobres escuelas funcionales al ser- vicio del modelo de los Chicago boys. Era –al comienzo de la dic- tadura– una mujer de sesenta y cinco años con muchas reservas de energías. Me fui enterando de los asesinatos, de la desaparición de gente querida, como Fernando Ortiz, de las torturas, de los campos de concentración. Me sentí sola después del exilio de tantos colegas entrañables y de la falta de comunicación con quienes por razones de seguridad no me llamaban siquiera por teléfono. En ningún mo- mento pensamos emigrar con mi marido. Me dije «algo tengo que hacer», pero no sabía por dónde empezar. —¿Y cómo empezó? —Un día una amiga vecina me dijo que su hijo escolar le había pedido llevar a almorzar a uno de sus compañeros que se desmayaba de hambre durante las clases. Se dio cuenta que había muchos otros a los que les ocurría lo mismo. Sus padres habían sido detenidos o eran simplemente cesantes. Otras vecinas empezaron a hacer lo mis- mo: por lo menos una vez a la semana los niños con hambre podían comer normalmente. Me interesé en el asunto y llegué a la conclu-

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=