Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

79 I. Mujer del siglo xx guien se ocupara de lo que él omitía. Mis clases eran entonces las que servían de base para los apuntes de los alumnos. Hernán Ramírez era buen mozo y atildado. Tenía una corte de admiradoras que se sen- taban a su alrededor, su fama de estudiante brillante era respaldada por impresionantes conocimientos de la historia de Chile, especial- mente. Tal vez yo le parecía un poco insignificante por mi estatura y mi voz débil. Me hacía preguntas en clases para verificar si mis co- nocimientos de historia antigua, de historia del Asia o del Oriente eran realmente profundos. Después fuimos muy amigos. Considero su obra tal vez la más importante de la historiografía chilena. Era un sólido marxista y desmitificó la historia nacional tan distorsionada por derechistas poco rigurosos. Ahora no se puede prescindir de los libros de Hernán Ramírez para conocer la verdadera sociedad chi- lena y a sus protagonistas, y las causas de los acontecimientos tales como fueron. Siempre me impresionó su honestidad, su consecuen- cia, el amor a su pueblo. Me imagino cuán duro debe haber sido el exilio para él. Creo que Chile era el único escenario en que podía vivir y trabajar en plenitud. —Nos estamos alejando de su casamiento y quizás de sus amores juveni- les. ¿Podemos hablar de eso? —Mis amores juveniles no fueron muy numerosos. Creo que en el Pedagógico no fui para nadie «la boina gris y el corazón en cal- ma». La verdad es que no me gustaban tanto algunos intelectuales que se me aparecieron. Uno era muy libresco y siempre estaba en las nubes. Otro era demasiado revolucionario verbal y en buenas cuen- tas no hacía nada valedero. Preferí a un joven deportista que forma- ba parte de un grupo de amigos con los que hacíamos excursiones los fines de semana. Tenía a su cargo una peluquería familiar en la calle San Pablo, era un buen lector y sus sólidos principios morales me parecieron más valiosos que los títulos profesionales que no po- seía. Recuerdo que su padre habló conmigo cuando anunciamos –en 1934– el matrimonio. Me dijo: «Usted es una señorita universitaria y Humberto solo un peluquero; piense dos veces en el paso que va a dar, después puede arrepentirse y eso sería malo». No era necesario pensarlo más. Lo único importante era que nos amábamos. El ma-

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