Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

76 olga poblete le tenían miedo a las masas que los repudiaba. La euforia ante la caí- da de Ibáñez es de los hechos inolvidables de mi juventud. Todos sa- lieron a la calle a cantar, a gritar, a maldecir una vez más al dictador. No obstante, el terror de Ibáñez fue de tono menor si lo compara- mos con Pinochet. En los últimos doce años hemos vivido en Chile el más desatado fascismo y yo he sido testigo –ya vieja– de tal horror. Pero estamos a comienzos de los años treinta. En los días inmediatos a la caída de Ibáñez, me incorporé a unas brigadas de profesores que se proponían restablecer el orden público: dirigir el tránsito, evitar los saqueos de las tiendas, el pillaje del lumpen que apareció en las calles. Los carabineros continuaban encerrados. Fuimos a un cuartel a pedirles que volvieran a sus funciones; les dijimos que entendíamos que ellos habían sido instrumentos de la represión y que eran sus je- fes máximos los que tenían que ser castigados; agregamos que ahora eran necesarios para restablecer el orden, que nadie atentaría contra ellos. Estas operaciones se hicieron en gran escala. Participaban diri- gentes sindicales, estudiantes, profesores. Paulatinamente regresaron a sus funciones. El país volvió a sus cauces normales, aunque después vino la aventura de la «República Socialista» de Grove y otros sucesos que no conmovieron a la mayoría. Regresamos en 1932 al alessan- drismo y a la Constitución. La represión fue más selectiva. Sus vícti- mas continuaron siendo los trabajadores. El Liceo Manuel de Salas y el memch —El ibañismo dejó en Chile cierta secuela de grupos fascistas. En 1933 Hitler llegó al poder en Alemania y después vino el asalto a la República española. ¿Cómo respondió usted a esos acontecimientos? —El fascismo ya nos era familiar con el régimen de Mussolini en Italia, que tenía en Chile algunos simpatizantes en las capas medias, especialmente entre los dueños de emporios de origen italiano. No- sotros entendimos cabalmente que era uno de los mayores peligros para la libertad y la paz que jamás hubieran aparecido. Los grupos fascistas en Chile fueron creciendo; lucían incluso uniformes y or- ganizaron hasta grupos de asalto, que se enfrentaban violentamente con los socialistas y los comunistas. Mi opción fue sin vacilaciones:

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