Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

75 I. Mujer del siglo xx turas en un Liceo de Santiago. Fueron mis primeras lecciones. Tenía diecinueve años y mis alumnos mayores la misma edad y más cuerpo que yo. Eran unos salvajes que nunca callaban y a los cuales me re- sultaba muy difícil imponerme. Regresaba a casa llorando. Me decía a mí misma ¿qué clase de profesora voy a ser? Temblaba cuando apa- recía en la sala tan revuelta por los insufribles alumnos. Finalmente logré imponerme. Cuando restablecí el orden me pareció la mayor victoria obtenida hasta entonces. Era amiga en el Pedagógico del profesor Eugenio Pereira Salas, que puso el grito en el cielo cuando supo que me marchaba a Constitución. Dijo que era una barbari- dad que alguien con tan buenas dotes se fuera a vegetar a provincias. Me obligó a ir a hablar con don Luis Puga, jefe del Departamento de Historia. Me contrataron entonces como ayudante del Departa- mento de Geología. Me alegré mucho: había sido buena alumna de geología; me interesaban las rocas, las montañas, los metales. Con el profesor Juan Brieger habíamos hecho muchas excursiones científi- cas. En la cordillera descubrimos fósiles milenarios y en los cerros del Cajón del Maipo restos marinos. Todo eso era deslumbrante y des- concertante. Brieger era el dueño de la geología en el Pedagógico y guardaba una ayudantía para el profesor Humberto Fuenzalida, que se perfeccionaba en Europa. En espera de su llegada ocupé su cargo. Esto ocurría en plena dictadura del general Ibáñez. La Universidad entera estaba alborotada. —¿Qué sentimientos le provocaba la dictadura de Ibáñez? ¿Le era in- diferente? —Nadie con sentimientos democráticos podía permanecer in- diferente ante un régimen que arrojaba al mar en Valparaíso los cuerpos de dirigentes de los maestros y que imponía el terror y el soplonaje policial. Los estudiantes organizaban mítines, desfiles, y los funerales de los asesinados se convertían en inmensas manifes- taciones. Me integré a ellos sin que nadie me invitara o presionara. Nuestras protestas en el centro de Santiago eran reprimidas por ca- rabineros a caballo y con lanzas. Nos poníamos a salvo irrumpiendo en las tiendas o los cafés. Cuando finalmente cayó la dictadura los carabineros se refugiaron en sus cuarteles; no querían salir a la calle;

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=