Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz
72 olga poblete chillerato con buenas calificaciones. No pensé en otra profesión que no fuera la pedagogía. El tío con el cual vivíamos y mi madre apro- baron esa decisión: era un oficio que daba estatus, que hacía respe- table a una mujer. Antes se empeñaron en que fuera pianista y me inscribieron en el Conservatorio Nacional. Iba a largos balbuceos en el teclado después de las clases en el Liceo. Eso me cansaba. Aprendí a tocar el piano, pero me di cuenta de que no sería jamás una buena intérprete. Me gusta mucho la música, pero carezco de la vocación, que es indispensable en los artistas. En el Pedagógico me inscribí en las asignaturas de Historia, Geografía y Francés. El Presidente del país era Arturo Alessandri: quedaba atrás el populismo y la demago- gia del «cielito lindo». Los maestros habían dado batallas exitosas por la ley de Instrucción Primaria Obligatoria; Recabarren había dejado andando un movimiento obrero que, a pesar de las persecuciones feroces, algo significaba en la vida de Chile. Todo eso no me preo- cupaba todavía. En mi casa jamás se hablaba de los acontecimientos políticos, no éramos partidarios de nada. Yo era una jovencita formal y tímida que cumplía estrictamente con su deber de estudiar para no defraudar a su esforzada madre. Éramos cien estudiantes en el pri- mer año de la asignatura de Historia y Geografía. Solo ocho pasamos el colador del segundo año. —¿De manera que usted era una «matea»? —Sí, en cuanto a que era una estudiante con buenas notas, que aprobaba todos los exámenes. Pero no era del tipo intelectual. Fui la capitana de un equipo de básquetbol, me atraían los deportes y ponía en ellos una pasión física que me sorprendía a mí misma. Mi única desventaja en el básquetbol era mi estatura pequeña, pero las otras integrantes del equipo también eran menudas. Al mismo tiem- po era integrante de un equipo de excursionistas. Íbamos los fines de semana a explorar la cordillera, llevábamos carpas y dormíamos allí en pleno invierno. Mis conocimientos de piano sirvieron para animar algunas veladas estudiantiles. Por supuesto, no interpretaba a Chopin o Mozart, sino tangos de moda. Gardel empezaba a ha- cer furor. Acompañaba también a una soprano lírica muy buena. Su fuerte eran las canciones de Osmán Pérez Freire.
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