Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz
51 I. Mujer del siglo xx Olga y Humberto se casaron discretamente en abril de 1933, en el Sagrario de la Catedral Metropolitana, acompañados de su madre, ella, y de su padre, él. Después de un champañazo familiar en casa, partieron con mochila y ropa de excursionismo a la precordillera, a su inolvidable «luna de miel» bajo un frondoso boldo junto a una enorme roca en los faldeos del cerro San Ramón, ya conocido por ellos y sus amigos de montaña. Solo el amor, el cielo estrellado y su fiel perro policial, «Andino», los acompañaba. Este último se desveló a medianoche por culpa de una rana que anduvo saltando entre las hojas caídas en el suelo de la romántica carpa natural. Pasan algunos años. En 1936 nace mi hermana Marigen y luego, en 1940, llego yo a revolver el gallinero. Mi madre, además de criar- nos y enseñarnos, se daba el tiempo para tejernos las calcetas y swea- ters, ponernos las cataplasmas calientes en el pecho para las gripes o deleitarnos tocando el piano en las tardes de invierno, enseñándonos algunas lindas canciones. Como todo niño, fue la primera mujer de quien me enamoré, por ser la más bella, por supuesto. La recuerdo despidiéndose de mí en el jardín de casa, al partir por las mañanas rumbo a dar sus clases en el Liceo Manuel de Salas, donde mi hermana ya asistía a la primaria. En los años cuarenta, como familia éramos muy aficionados a las salidas en bicicleta. En estas cicletadas familiares cada uno te- nía la suya menos yo, que a mi corta edad (solo unos tres o cuatro años) dependía totalmente de mi padre en el pedaleo. Cuando co- mencé en este deporte familiar, mi padre había ideado una peque- ña montura que en cuero rodeaba el cuadro de la bici. Esta tenía hasta unos estribos especialmente hechos para mí, los cuales lucía en los recorridos por Ñuñoa. Salvo que estuviéramos en Algarrobo o en Lagunillas, cada domingo en la mañana, vestidos de paseo, con gorro, anteojos de sol y todos(as) con una gran sonrisa de feli- cidad, salíamos de casa a nuestro destino, que normalmente era el llamado «campito». Partíamos en caravana, primero mi hermana y Andino, que la cuidaba como a un tesoro todo el camino. Ningún otro perro se atrevía siquiera a acercársele. Luego mi madre con un colorido pañuelo de puntas sueltas al viento cubriendo su cabeza con su mechón de coquetas y tempranas canas, al final en la reta-
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