Desolación
51 II ¡Cuánto río y fuente de cuenca colmada, cuánta generosa y fresca merced de aguas, para nuestra boca socarrada! ¡Y el alma, la huérfana, muriendo de sed! Jadeante de sed, loca de infinito, muerta de amargura, la tuya, en clamor, dijo su ansia inmensa por plegaria y grito: ¡Agar desde el vasto yermo abrasador! Y para abrevarte largo, largo, largo, Cristo dio a tu cuerpo silencio y letargo, y lo apegó a su ancho caño saciador… El que en maldecir tu duda se apure, que puesta la mano sobre el pecho jure: «Mi fe no conoce zozobra, Señor».
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