Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

52 olga poblete guardia mi padre conmigo de copiloto, en la gran Raleigh aro 28, su regalona. En esos años vivíamos en Brown Sur, a la entrada de Irarrázaval, calles tranquilas y de anchas veredas junto a las tradicionales ace- quias de riego bajo los robustos plátanos orientales. Nuestras salidas en bicicleta eran por el barrio y su destino final normalmente era el «campito». Para nosotros, este empezaba a solo dos cuadras y media de nuestra casa, hacia el sur. Hoy, y hace muchos años, está ahí la Plaza de Santa Julia, que por entonces era parte de la Chacra Santa Julia de la gran Viña Macul. Mi madre y mi hermana tenían cada una sus lindas bicicletas de mujer, aro 26, con parrilla y con una malla que cubría elegantemen- te la mitad de cada rueda. La de mi madre, más elegante, llevaba además un canastillo sobre la rueda delantera como portaequipajes que colgaba del manubrio. Ahí ella siempre llevaba agua y algunas galletas o golosinas para premiar nuestros esfuerzos. Lo más importante era posar para las infaltables y hermosas fo- tos que nos tomaba mi padre. Gracias a ellas hoy recordamos casi en vivo cada rincón y momento vivido de nuestra bella historia familiar. Del contenido del canastillo de la bicicleta de mi madre, a esas altu- ras ya no quedaba nada… solo el apetito que nos empujaba a volver luego a almorzar a casa. Cuando mi abuela Luisa vivía en San Bernardo, algunos fines de semana o días de vacaciones nos quedábamos en su casa. Infaltable en septiembre, época de fiestas patrias, circos y volantines, íbamos en familia a caminar al Cerro Chena o a ver las reñidas «comisiones» entre volantineros 3 . También con entusiasmo encumbrábamos algu- nos, nuestras «ñeclas» de papel de diario 4 . 3 Competencia entre volantineros para hacer caer el volantín de los contrincantes. 4 Volantines artesanales de papel de diario u otro papel común, sin madera, fabricados en casa.

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