Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz
49 I. Mujer del siglo xx de los más exigentes fue el de costurera para algunas elegantes tien- das de la capital, siendo este trabajo el que marcó más fuertemente a Olga. Acompañando a su madre a las entregas de sus costuras, fue testigo muchas veces del trato humillante que recibía de los tende- ros. Es así como Olga comienza a desarrollar su sensibilidad frente a las injusticias sociales, inicio de sus permanentes luchas por los de- rechos de las mujeres. Luisa Poblete, gran emprendedora, llegó pronto a formar una Academia de Corte y Confección, que lamentablemente no tuvo larga vida. Más adelante haría un curso de matrona, profesión para la cual tenía mucha vocación, pero que no pudo ejercer, ya que sus hermanos estimaban que no podía salir de casa en las noches o a cualquier hora, a atender los partos y otras urgencias de su nueva es- pecialidad. Además, por orden de la estricta abuela de Olguita, ella tenía que acompañar a su madre a todos lados. Así las cosas, entre otras, a los nueve años la pequeña Olga ya había aprendido el «arte de sacar las guaguas» que venían naciendo, utilizando el maniquí con que la matrona les enseñaba esta especialidad. Luisa y Olguita eran grandes amigas, cómplices y compañeras; vínculo que a ambas les sirvió de mucho en sus vidas. Los quince años de diferencia entre ellas facilitaron esta relación. Así también Olga aprendió los secretos del baile, en la Academia donde su madre asistía. De asidua alumna, Luisa pasó a ser ayudante del profesor, y la pequeña Olga, a poco andar o bailar, se transformó también en eximia ayudante del maestro. Desde niña siempre le gustó la música, por lo que su tío Juan Poblete le financió las clases de piano en el Conservatorio Nacional de Música de Santiago, donde alcanzó a llegar hasta el sexto y últi- mo año. Esto le sirvió mucho, ya que, de adulta, esposa y madre, era in- faltable que, al atardecer de las reuniones familiares con motivo de su cumpleaños, cada 21 de mayo se sentara en el piano del living de nuestra casa de la calle Brown Sur, en Ñuñoa, y animara la reunión familiar. Dejaba volar sus suaves manos sobre el teclado, el que res- pondía con clásicas melodías de Beethoven, Schubert, Ravel, Cho- pin, para seguir luego con las románticas y bellas tonadas chilenas.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=