Desolación
37 A la virgen de la colina A beber luz en la colina, te pusieron por lirio abierto, y te cae una mano fina hacia el álamo de mi huerto. Y he venido a vivir mis días aquí, bajo de tus pies blancos. A mi puerta desnuda y fría echa sombra tu mismo manto. Por las noches lava el rocío tus mejillas como una flor. ¡Si una noche este pecho mío me quisiera lavar tu amor! Más espeso que el musgo oscuro de las grutas mis culpas son; es más terco, te lo aseguro, que tu peña, ¡mi corazón! ¡Y qué esquiva para tus bienes y qué amarga hasta cuando amé! El que duerme, rotas las sienes, era mi alma, ¡y no lo salvé! Pura, pura la Magdalena que amó ingenua en la claridad. Yo mi amor escondí en mis venas. ¡Para mí no ha de haber piedad!
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