Desolación

38 ¡Oh, creyendo haber dado tanto ver que un vaso de hieles di! El que vierto es tardío llanto. Por no haber llorado, ¡ay de mí! Madre mía, pero tú sabes: más me hirieron de lo que herí. En tu abierto manto no cabe la salmuera que yo bebí; en tus manos no me sacudo las espinas que hay en mi sien. ¡Si a tu cuello mi pena anudo te pudiera ahogar también! ¡Cuánta luz las mañanas traen! Ya no gozo de su zafir. Tus rodillas no más me atraen como al niño que ha de dormir. Y aunque siempre las sendas llaman y recuerdan mi paso audaz, tu regazo tan solo se ama porque ya no se marcha más... Ahora estoy dando verso y llanto a la lumbre de tu mirar. Me hace sombra tu mismo manto. Si tú quieres, me he de limpiar.

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