Desolación
29 La mujer estéril La mujer que no mece un hijo en el regazo, cuyo calor y aroma alcance a sus entrañas, tiene una laxitud de mundo entre los brazos; todo su corazón congoja inmensa baña. El lirio le recuerda unas sienes de infante; el Ángelus le pide otra boca con ruego; e interroga la fuente de seno de diamante por qué su labio quiebra el cristal en sosiego. Y al contemplar sus ojos se acuerda de la azada; piensa que en los de un hijo no mirará extasiada, cuando los suyos vacíen los follajes de octubre. Con doble temblor oye el viento en los cipreses. ¡Y una mendiga grávida, cuyo seno florece cual la parva de enero, de vergüenza la cubre!
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