Desolación

252 Y los mercaderes, y los peregrinos, sonrieron cuando los álamos, como un desfile de vírgenes, los miraron pasar, y cuando sacudieron el polvo de sus sandalias bajo los frescos sauces. Su sonrisa fue emoción al descubrir el tapiz verde de las murallas, regado de manchas rojas, blancas y amarillas, que eran como una carne perfumada. Las bestias mismas relincharon de placer. Eleváronse de los caminos, rompiendo la paz del campo, cantos de un extraño misticismo por el prodigio. Pero sucedió que el hombre, esta vez como siem- pre, abusó de las cosas puestas para su alegría y con- fiadas a su amor. La altura defendió a los álamos; las ramas lacias del sauce no tenían atractivo; en cambio, las rosas sí que lo tenían, olorosas como un frasco oriental e indefensas como una niña en la montaña. Al mes de vida en los caminos, los rosales esta- ban bárbaramente mutilados y con tres o cuatro rosas heridas. Las rosas eran mujeres, y no callaron su martirio. La queja fue llevada al Señor. Así hablaron temblando de ira y más rojas que su hermana, la amapola: —Ingratos son los hombres, Señor; no merecen tus gracias. De tus manos salimos hace poco tiempo, íntegras y bellas; henos ya mutiladas y míseras. Quisimos ser gratas al hombre y para ello reali- zábamos prodigios: abríamos la corola ampliamente, para dar más aroma; fatigábamos los tallos a fuerza de chuparles savia para estar fresquísimas. Nuestra belleza nos fue fatal. Pasó un pastor. Nos inclinamos para ver los copos redondos que le seguían. Dijo el truhan:

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