Desolación

251 Por qué las rosas tienen espinas Ha pasado con las rosas lo que con muchas otras plantas, que en un principio fueron plebeyas por su excesivo número y por los sitios donde se las colocara. Nadie creyera que las rosas, hoy princesas atilda- das de follaje, hayan sido hechas para embellecer los caminos. Y fue así sin embargo. Había andado Dios por la tierra disfrazado de romero todo un caluroso día, y al volver al cielo se le oyó decir: —¡Son muy desolados esos caminos de la pobre tierra! El sol los castiga y he visto por ellos viajeros que enloquecían de fiebre y cabezas de bestias ago- biadas. Se quejaban las bestias en su ingrato lenguaje y los hombres blasfemaban. ¡Además, qué feos son con sus tapias terrosas y desmoronadas! Y los caminos son sagrados, porque unen a los pueblos remotos y porque el hombre va por ellos, en el afán de la vida, henchido de esperanzas si merca- der, con el alma extasiada si peregrino. Bueno será que hagamos tolderías frescas para esos senderos y visiones hermosas: sombra y motivos de alegría. E hizo los sauces que bendicen con sus brazos inclinados; los álamos larguísimos, que proyectan sombra hasta muy lejos, y las rosas de guías trepado- ras, gala de las pardas murallas. Eran los rosales por aquel tiempo pomposos y abarcadores; el cultivo y la reproducción repetida hasta lo infinito han atrofiado la antigua exuberancia.

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