Desolación
247 Por qué las cañas son huecas A don Max Salas Marchán I Al mundo apacible de las plantas también llegó un día la revolución social. Dícese que los caudillos fue- ron aquí las cañas vanidosas. Maestro de rebeldes, el viento hizo la propaganda y en poco tiempo más no se habló de otra cosa en los centros vegetales. Los bosques venerables fraternizaron con los jardincillos locos en la aventura de luchar por la igualdad. Pero, ¿qué igualdad? ¿De consistencia en la madera, de bondades en el fruto, de derecho a la buena agua? No; la igualdad de altura, simplemente. Levantar la cabeza a uniforme elevación, fue el ideal. El maíz no pensó en hacerse fuerte como el roble, sino en mecer a la altura misma de él sus espiguillas velludas. La rosa no se afanaba por ser útil como el caucho, sino por llegar a la copa altísima de este y hacerla una almohada donde echar a dormir sus flores. ¡Vanidad, vanidad, vanidad! Delirio de ser grande, aunque siéndolo contra natura, se caricaturizaran los modelos. En vano algunas flores cuerdas —las violetas medrosas y los chatos nenúfares— hablaron de la ley divina y de soberbia loca. Sus voces parecieron chochez. Un poeta viejo con las barbas como Nilos con- denó el proyecto en nombre de la belleza, y dijo sabias cosas acerca de la uniformidad, odiosa en todos los órdenes.
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