Desolación

233 El arpa de dios El que llamó David el «Primer Músico» tiene como él un arpa: es un arpa inmensa, cuyas cuerdas son las entrañas de los hombres. No hay un solo momento de silencio sobre el arpa ni de paz para la mano del Tañedor ardiente. De sol a sol Dios desprende a sus seres melodías. Las entrañas del sensual dan un empañado sonido; las entrañas del gozador dan voces opacas como el gruñido de las bestias; las entrañas del avaro apenas si alcanzan a ser oídas; las del justo son un temblor de cristal; y las del doloroso, como los vientos sobre el mar, tienen una riqueza de inflexiones, desde el sollozo al alarido. La mano del Tañedor se tarda sobre ellas. Cuando canta el alma de Caín, se trizan los cie- los como un vaso; cuando canta Booz, la dulzura hace recordar las altas parvas; cuando canta Job, se con- mueven las estrellas como una carne humana. Y Job escucha arrobado el río de su dolor vuelto hermosura... El Músico oye las almas que hizo, con desaliento o con ardor. Cuando pasa de las áridas a las hermosas, sonríe o cae sobre la cuerda su lágrima. Y nunca calla el arpa; y nunca se cansa el Tañedor ni los cielos que escuchan. El hombre que abre la tierra, sudoroso, ignora que el Señor al que a veces niega, está pulsando sus entra- ñas; la madre que entrega el hijo ignora también que su grito hiere el azul y que en ese momento su cuerda se ensangrienta. Solo el místico lo supo, y de oír esta arpa rasgó sus heridas para dar más, para cantar infi- nitamente en los campos del cielo.

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