Desolación
232 te has alejado, recogerán tu simiente; tal vez la besen con ternura y la lleven a su corazón. No pongas tu efigie reteñida sobre tu doctrina. Le enajenará el amor de los egoístas, y los egoístas son el mundo. Habla a tus hermanos en la penumbra de la tarde, para que se borre tu rostro, y vela tu voz hasta que se confunda con cualquier otra voz. Hazte olvidar, hazte olvidar... Harás como la rama que no conserva la hue- lla de los frutos que ha dejado caer. Hasta los hombres más prácticos, los que se dicen menos interesados en los sueños, saben el valor infi- nito de un sueño, y recelan de engrandecer al que lo soñó. Harás como el padre que perdona al enemigo si lo sorprendió besando a su hijo. Déjate besar en tu sueño maravilloso de redención. Míralo en silencio y sonríe... Bástete la sagrada alegría de entregar el pensa- miento; bástete el solitario y divino saboreo de su dul- zura infinita. Es un misterio al que asisten Dios y tu alma. ¿No te conformas con ese inmenso testigo? Él supo, Él ya ha visto, Él no olvidará. También Dios tiene ese recatado silencio, porque Él es el Pudoroso. Ha derramado sus criaturas y la belleza de las cosas por valles y colinas, calladamente, con menos rumor del que tiene la hierba al crecer. Vienen los amantes de las cosas, las miran, las palpan y se están embriagados, con la mejilla sobre sus ros- tros. ¡Y no lo nombran nunca! Él calla, calla siempre. Y sonríe...
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