Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

22 olga poblete desde provincia. Según sus propias palabras, esta militancia definió su camino: «En justicia puedo asegurar que el memch fue mi ver- dadera escuela de civismo. A partir de ese existencial encuentro me comprometí para siempre con la emancipación de la mujer» (Poble- te, 1993, p. 46). Su participación en el movimiento fue para ella una suerte de despertar; le permitió mirar de otra manera la historia que enseñaba y descubrió hasta qué punto había estado centrada en los grandes relatos masculinos. Es bien posible que esta novedosa conciencia fe- minista haya tenido también un impacto mayor en el curso de su de- sarrollo como intelectual; de allí en más fue posible reconocer en sus trabajos una reflexión que mostraba cómo, en la acción de anónimas fuerzas de masas que no figuraban con centralidad en los libros de historia –las mujeres, los pobres, los pueblos colonizados–, se había cocinado buena parte del cambio histórico. Décadas más tarde, en su libro La guerra, la paz, los pueblos , es- cribiría que el feminismo de la paz y el desarme que militó tanto tiempo encontraba sus raíces en ese espacio fundacional del memch, donde la lucha por los derechos de las mujeres estaba indisoluble- mente unida a la necesidad de «preservar la democracia y la paz» (Po- blete, 1990a, p. 23). Los primeros años de la década del cuarenta transcurrieron, para Olga, entre la militancia feminista, su demandante labor docente y una vida íntima activa y familiar. Su ejercicio pedagógico se traducía permanentemente en artículos en el Boletín Experimental del lms, así como en guías pedagógicas, la creación de un cuestionario de intere- ses vocacionales y la publicación de una encuesta de uso del tiempo que ponía especial atención al reparto de género del tiempo libre. En 1945 Olga obtuvo una beca para cursar un máster en educa- ción en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Aterrizó en ese país solo unos días después del lanzamiento de las bombas atómicas, «mientras Hiroshima y Nagasaki todavía ardían» (Mansilla, 1986, p. 120). Lejos de su familia y de sus hijos, exigida a acelerar el tranco de múltiples aprendizajes para completar en breve plazo su posgrado, y estimulada por un vibrante debate intelectual impulsado por docen-

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