Desolación

218 Está, como nosotros, amando al alba, al medio- día y a la noche, y le parece, como a los dos, que comienza a amar... No necesita otra canción que su amor mismo, y la canta desde el suspiro al sollozo. Y vuelve otra vez al suspiro... Es esta perfección de la rosa madura, antes de que caiga el primer pétalo. Y es esta certidumbre divina de que la muerte es mentira. Sí, ahora comprendo a Dios. El mundo —No se aman, dijeron, porque no se buscan. No se han besado, porque ella va todavía pura. ¡No saben que nos entregamos en una sola mirada! Tu faena está lejos de la mía y mi asiento no está a tus pies. Y sin embargo, haciendo mi labor, siento como si te entretejiera con la red de la lana suaví- sima, y tú estás sintiendo allá lejos que mi mirar baja sobre tu cabeza inclinada. ¡Y se rompe de dulzura tu corazón! Muerto el día, nos encontraremos por unos ins- tantes; pero la herida dulce del amor nos sustentará hasta el otro atardecer. Ellos que se revuelcan en la voluptuosidad sin lograr unirse, no saben que por una mirada somos esposos.

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