Desolación
201 Nota de la autora . Una tarde, paseando por una calle mise- rable de Temuco, vi a una mujer del pueblo, sentada a la puerta de su rancho. Estaba próxima a la maternidad, y su rostro revelaba una profunda amargura. Pasó delante de ella un hombre, y le dijo una frase bru- tal, que la hizo enrojecer. Yo sentí en ese momento toda la solidaridad del sexo, la infinita piedad de la mujer para la mujer, y me alejé pensando: —Es una de nosotras quien debe decir (ya que los hom- bres no lo han dicho) la santidad de este estado doloroso y divino. Si la misión del arte es embellecerlo todo, en una inmensa misericordia, ¿por qué no hemos purificado, a los ojos de los impuros, esto? Y escribí los poemas que preceden, con intención casi religiosa. Algunas de esas mujeres que para ser castas necesitan cerrar los ojos sobre la realidad cruel pero fatal, hicieron de estos poemas un comentario ruin, que me entristeció, por ellas mismas. Hasta me insinuaron que los eliminase de un libro. En esta obra egotista, empequeñecida a mis propios ojos por ese egotismo, tales prosas humanas tal vez sean lo único en que se canta la vida total. ¿Había de eliminarlas? ¡No! Aquí quedan, dedicadas a las mujeres capaces de ver que la santidad de la vida comienza en la materni- dad, la cual es, por lo tanto, sagrada. Sientan ellas la honda ternura con que una mujer que apacienta por la tierra los hijos ajenos, mira a las madres de todos los niños del mundo.
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