Desolación
199 El amanecer Toda la noche he padecido, toda la noche se ha estre- mecido mi carne por entregar su don. Hay el sudor de la muerte sobre mis sienes; pero no es la muerte, ¡es la vida! Y te llamo ahora Dulzura Infinita a Ti, Señor, para que lo desprendas blandamente. Nazca ya, y mi grito de dolor suba en el amanecer, trenzado con el canto de los pájaros. La sagrada ley Dicen que la vida ha menguado en mi cuerpo, que mis venas se vertieron como los lagares: ¡yo solo siento el alivio del pecho después de un gran suspiro! —¿Quién soy yo, me digo, para tener un hijo en mis rodillas? Y yo misma me respondo: —Una que amó, y cuyo amor pidió, al recibir el beso, la eternidad. Me mire la tierra con este hijo en los brazos, y me bendiga, pues ya estoy fecunda y sagrada, como las palmas y los surcos.
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