Desolación
192 Poemas de las madres A doña Luisa Fernández de García-Huidobro Me ha besado Me ha besado y ya soy otra: otra, por el latido que duplica el de mis venas; otra, por el aliento que se percibe entre mi aliento. Mi vientre ya es noble como mi corazón... Y hasta encuentro en mi hálito una exhalación de flores: ¡todo por aquel que descansa en mis entrañas blandamente, como el rocío sobre la hierba! ¿Cómo será? ¿Cómo será? Yo he mirado largamente los pétalos de una rosa y los palpé con delectación: querría esa sua- vidad para sus mejillas. Y he jugado en un enredo de zarzas, porque me gustarían sus cabellos así, oscuros y retorcidos. Pero no importa si es tostado, con ese rico color de las gredas rojas que aman los alfareros, y si sus cabellos lisos tienen la simplicidad de mi vida entera. Miro las quiebras de las sierras, cuando se van poblando de niebla, y hago con la niebla una silueta de niña, de niña dulcísima: que pudiera ser eso también. Pero, por sobre todo, yo quiero que mire con el dulzor que él tiene en la mirada, y que tenga el tem- blor leve de su voz cuando me habla, pues en el que viene quiero amar a aquel que me besara.
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