Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

160 olga poblete por ello, hasta el más humilde artesano del barrio de los ceramistas, pudo hacer historia perenne en el tallado y la pintura de sus vasos. Ninguna fría receta puede ponernos hoy en el camino de un nuevo alumbramiento, mientras no logremos regresar a lo esencial del hombre, encontrando su propia expresión dentro del cuadro de las nuevas fuerzas que pugnan por madurar y realizarse. Existe además, un criterio que el educador no puede dejar de te- ner presente y es el de que el hombre se completa en la escuela de la vida. «La enseñanza es solo la mitad del aprendizaje», acostumbraba repetir Confucio y aun cuando ello haya significado, para la direc- ción espiritual china, algo fundamentalmente distinto de nuestro ideal de formación humana, volvemos a encontrarnos en el fondo de esta reflexión. La escuela coge al individuo en una etapa de su desenvolvimien- to y debe saber exactamente dotarle entonces, y a su medida, de aquellos que serán como llamados permanentes, sobre los cuales nuevas experiencias habrán de estructurar los motivos para la ac- ción en la vida adulta. De ahí que sea falso, e inútil, el propósito de «hacer aprender» situaciones sin significado, conocimientos organi- zados sobre esquemas lógicos que resultan artificiales para el joven adolescente. Es preciso, en cambio, mirar el contenido del material educativo desde dentro de su mundo atormentado por la lucha de su propia definición, de las que son para él sus constantes interroga- ciones. Lo que importa es dejar clavada en el joven la impresión de futuras revelaciones que, más tarde, al actualizarse bajo el impacto de sucesivas experiencias, se traduzcan en propia y auténtica elabora- ción. Ello le dará la medida del valor de los atributos de la persona- lidad y al amarlos, con la sensación de que le pertenecen porque los ha conquistado, aprender a respetarlos y a defenderlos con decisión para él, para los demás y para que sobrevivan y se perfeccionen en la colectividad entera. La democracia dejará entonces de ser un juego vacío de fórmulas, propicio al mimetismo y a la negación del hom- bre, para ser, en cambio, una permanente experiencia de vida por la cual sea bella y esencial la lucha humana. Para cumplir tales propósitos la enseñanza de la historia debe incorporar el conocimiento de los restos del pasado, las obras de los

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