Desolación

159 Serenidad Y después de tener perdida lo mismo que un pomar la vida, —hecho ceniza, sin cuajar— me han dado esta montaña mágica, y un río y unas tardes trágicas como Cristos, con qué sangrar. Los niños cubren mis rodillas; mirándoles a las mejillas ahora no rompo a sollozar, que en mi sueño más deleitoso yo doy el pecho a un hijo hermoso sin dudar... Estoy como el que fuera dueño de toda tierra y todo ensueño y toda miel; ¡y en estas dos manos mendigas no he oprimido ni las amigas sienes de él! De sol a sol voy por las rutas, y en el regazo olor a frutas se me acomoda el recental: ¡tanto trascienden mis abiertas entrañas a grutas, y a huertas, y a cuenco tibio de panal!

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