Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz
159 II. pedagoga de la historia propio conocimiento, le condenan a un individualismo egoísta y cruel, y lo sumen en la angustia del aislamiento, de la soledad estéril y sin esperanzas, del vivir al día, por un camino estrecho y sin futuro. Abandonado así a sus interrogantes sin respuestas, cae en el desalien- to, en la negación para la acción, se refugia en el resentimiento y se convierte en campo propicio para todos los dogmatismos, en sujeto abonado para la diaria claudicación. Nunca, tal vez, se habló tanto de la libertad. Cabe preguntarnos cuánto hace de efectivo la función educadora por asegurarla y fortalecerla. No es la mera actitud del recuento, ni la curiosidad superficial las que deben llevarnos al conocimiento de la historia. Tampoco po- demos caminar a través de ella a la manera confuceana, en pos de modelos ejemplarizadores para acomodar a ellos nuestras vidas y ase- gurar el orden social. Recordemos, como lo dice Jaeger, que «la esta- bilidad no es signo seguro de salud. Reina también en los estados de rigidez senil, en los días postreros de una cultura». Por el contrario, es nuestro tiempo el que queremos entender, son las metas de nues- tra acción las que anhelamos descubrir mediante la dinámica bús- queda en que debe transformarse el estudio de la historia. Su efecto inspirador reside en la revelación de nosotros mismos que ella pro- voca con el incitante fluir de sus fuerzas vivas. Hay en toda inspiración una visión anticipada que desata la vo- luntad en anhelante impulso realizador. Los elementos para cons- truir esa imagen están en nosotros mismos y en la realidad social y física que nos rodea. A encontrar las instancias que susciten tal ima- gen, nos ayuda la historia. Muchas veces ha retornado el hombre a las fuentes helénicas, en demanda de esta fuerza inspiradora, cada vez con su propio bagaje de ideales y de esquemas de la realidad. Sin embargo, ha logrado vol- ver enriquecido de este noble viaje, solamente cuando ha sido capaz, como el hombre griego lo hiciera en su tiempo, de elevar a primer plano su propia visión del mundo y del hombre, y de configurar una convivencia para expresar en toda la extensión de su significado y va- lor, la interpretación legítima de su realidad. Por ello el hombre grie- go vivió hasta el espanto o el éxtasis las acciones de sus dioses y sus héroes transportados a la tierra por el verso solemne de sus poetas;
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=