Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

158 olga poblete asimile cada nueva conquista de las ciencias para una vida más com- pleta y feliz. Sobre la función educadora recae la tarea urgente de equipar al joven con nuevos conceptos y actitudes, que le permitan hacerse cargo de estos desafíos. Solo recogiéndolos, o por lo menos simpatizando con ellos, sobre la base del conocimiento y la com- prensión, estará el hombre en condiciones de realizarse plenamente como individuo, de participar en el proceso social, de sumirse con alegría y seguridad, en la corriente de cambios donde están plasmán- dose, en nuestro tiempo, los gérmenes de la acción futura. De ahí que el maestro deba ser en verdad, un ingeniero social, de ahí que gravite sobre él –precisamente en estos años tensos de múltiples demandas e imperativas decisiones– la responsabilidad de hacer de la función educadora una fuerza viva que arranque al muchacho del mundo empobrecido al que le condenan las corrien- tes decadentes, las instituciones arruinadas, la molicie, la descom- posición y superficialidad ambientales, y lo reafirme, en cambio, en su calidad humana obligándole en cada instante, a reconocerse en los anhelos de otros hombres del presente, a la vez que en el le- gado del pasado. En esta tarea le cabe un papel esencial a la enseñanza de la his- toria. Ella debería proporcionar a la juventud los momentos más felices de descubrimiento y reflexión, los instantes más fecundos en sueños y proyectos, amasados en la propia experiencia del pensa- miento y con prospección hacia el porvenir. Por el estudio de la historia podría abrirse la conciencia individual a la auténtica esti- mación del hombre y de la comunidad. Por el estudio de la historia como proceso vivo, debería nuestra sociedad lograr una humanidad más integrada y solidaria con la obra del hombre y su destino, una humanidad que saludara en cada amanecer las nuevas conquistas del pensamiento con alegría y esperanza, y no con renovada zozobra. «No a compartir el odio nací, sino el amor», grita Antígona en su protesta cargada de sentido eterno. El educador debe preguntarse hoy si este mensaje no le ha alcanzado. El inventario frío de los hechos, la galería de muertos ilustres, la erudición de papel impreso y de recuerdos pasajeros, el kaleidosco- pio de imágenes inconexas y abrumadoras, alejan al hombre de su

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