Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

453 IV. Internacionalista y militante de la paz imposible si fuéramos capaces de despojarnos de la gruesa costra de soberbia acumulada bajo el falso slogan de «la misión civilizadora del hombre blanco». El Programa Común define la política exterior de la República Popular China en el artículo 54 e indica como una de sus bases «la cooperación amistosa con los pueblos de otros países» y el apoyo a una paz duradera. Estas relaciones deben sí descansar sobre algunos principios fundamentales: «la igualdad, el beneficio mutuo y el mu- tuo respeto por la soberanía territorial». En este terreno coincide la República Popular China con todos los pueblos de la tierra que hoy buscan su completa liberación, ya sea de formas coloniales, como de otros tipos de dependencia, no menos atentatorios contra la volun- tad nacional, la autoexpresión y la autodeterminación. Una tremenda incomprensión se ha extendido sobre los sucesos del Asia y su acontecer histórico. Nuestro tiempo está asistiendo a la liquidación del viejo colonialismo, que sobrevendrá pese a cuanta va- lla pretenda oponérsele, por la represión o por la guerra devastadora. En las regiones del sud-este asiático avanza una voluntad inconmovi- ble hacia la conquista de su completa emancipación. Podrá retardar- se el proceso, pero nada les arrebatará a aquellos pueblos, su victoria final. De la misma manera luchó China, persiguiendo con obstina- do empeño, el triunfo de su causa. Nada pudo alejar de sus líderes ni de su pueblo, la visión de la vida que ansiaban conquistar. La han logrado y ahora se entregan febril y alegremente a realizar, en todos sus aspectos, la clase de convivencia que por tanto tiempo anhelaron. Y cuando pensamos en la heroica Corea, con su tierra arrasada y quemada, pero en la cual se ha estrellado impotente la máquina des- tructiva más poderosa de nuestro tiempo, tenemos que admitir que las fuerzas de los pueblos son eternas. Aún así como viven ahora, en el corazón subterráneo de sus montañas, Corea encuentra energías suficientes para mantener su resistencia y a la vez seguir adelante con la planificación de su vida. ¿Qué motor invencible hace que Corea, en medio de tanta desolación y muerte, haya inaugurado a fines de 1952 su Academia Superior de las Ciencias? Los pueblos quieren la paz, quieren que sus hombres vivan y pro- gresen, que sus campos florezcan y se levanten nuevas ciudades, que

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