Aguas abajo

99 gundo en que la mirada verde del muchacho la fijaba era el porqué de su existencia. ¿Quién era? Del pueblo no, conocido no. Tal vez veraneante de los alrededores. Cautelaba su secreto tesoro. Charlaba menos, reía rara vez. Pero las pupilas parecían agrandársele, anegarle la cara en esa busca de la silueta vigorosa, vestida como no se vestían los muchachos del pueblo. Llegaba en un auto chiquito. Lo dejaba al costado del club. Iba a misa. Lo divisaba atento y circunspecto, en el presbiterio, un poco al margen del grupo de hombres. Terminada la misa, iba a la confitería, llenaba de paquetes el auto, daba después una vuelta por la plaza para ir al correo, deshacía camino, subía al coche y partía. Claro era que las otras muchachas lo habían notado. Y muertas de risa con sus indumentarias, con los panta- lones de golf o de montar, le llamaban el «Calzonudo». Para su recóndita desesperación. Seguía la marcha llenando la casa de acordes. Irrum- pían las campanas. Como un repique. Igual que en cier- tos domingos, cuando había misa mayor; pero estas eran campanas más sonoras, más armónicas, como si a la vez que tocaran el repique se mezclaran a ellas acen- tos de inusitado goce. Terminó la marcha. Cambió la aguja, le dio nueva cuerda, volvió el disco y ahora el vals comenzó a girar alrededor de la mesa, música como que bailara, compás

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=